L’Alfàs del Pi, el hogar al final del camino

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L’Alfàs del Pi, el hogar al final del camino

Despierta, lentamente, el día. El sol, todavía rojizo y frío, emerge desde la inmensidad de las profundidades del Mediterráneo cuyas olas, como dijo el cantautor, se acercan y se van besando la orilla y haciendo sonar, hipnóticos, los guijarros de la playa. Despierta el día y, con él, el Paseo de las Estrellas comienza a latir, convertido en el corazón del municipio, en un constante ir y venir de personas que, en decenas de distintas lenguas, se dan los buenos días. Se saludan. Se interesan el uno por el otro. Disfrutan de un café, planean una visita a un museo, preparan su paseo hasta el faro o, sencillamente, disfrutan de ese lugar del que nunca oyeron hablar en años y que, cada uno por un motivo, acabó convirtiendo en su hogar.

El verano ha quedado atrás, pero nadie lo diría en l’Alfàs del Pi. Su cielo azul, sin apenas nubes y la agradable temperatura de su particular invierno fueron el reclamo inicial, el catalizador, del que se ha convertido en uno de los destinos de referencia del llamado turismo residencial en Europa. Un lugar en el que las bondades naturales del territorio se han complementado, y lo siguen haciendo, con una vasta gama de servicios de primera calidad que han acabado por atraer y, sobre todo, retener a miles de residentes que, si bien hunden sus raíces en las frías tierras del centro y norte de Europa, se han convertido en unos alfasinos y alfasinas más.

Es l’Alfàs del Pi ese lugar en el que el proyecto que soñaron los padres de la Unión Europea cobra todo su sentido y de ello, orgullosos, hacen causa sus algo más de 20.000 vecinos que, con el Mediterráneo al frente y flanqueados por el Parc Natural de la Serra Gelada y el precioso interior de la Costa Blanca, disfrutan compartiendo tradiciones, fiestas, costumbres, gastronomía… de sus cerca de cien nacionalidades.

Y así, desde el Paseo de las Estrellas, que sigue hirviendo de una actividad que se contagia a todas las calles del municipio, a su concurrido polideportivo, a los locales donde asociaciones y clubes animan su frenética vida asociativa, a los bulliciosos parques donde padres y madres observan como sus hijos se acostumbran a los distintos acentos de sus compañeros de juegos… Y así, hasta que la singular y reconocible silueta del Puig Campana sirve de cobijo al sol, que se esconde por occidente un día más, en un ciclo infinito que ha asentado este lugar en el que han confluido y confluirán los caminos de tantos que, con sus culturas, costumbres y particularidades, construyen y enriquecen, cada día más, Alfàs del Pi. Su hogar.

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